¡No envidies a nadie!


¿Has visto a una persona locamente enamorada? ¿Ves que es incapaz de reconocer los defectos físicos o de comportamiento  de otros? Bueno, así debemos amarnos. No exactamente a ese extremo de no aceptar nuestras debilidades pero sí apreciando lo hermoso que Dios nos ha dado únicamente a nosotros. 

Cuando envidias a alguien estás demasiado enfocado en esa persona que te descuidas y pronto te ves hundido en un laberinto sin salida. Cierras los ojos y sólo piensas en esa persona. ¡Eso es dañino para ti! No podrás vencer tus propios miedos ni tampoco tu récord actual. 

La vida no es una competencia. Eres un ser único e irrepetible, tu ADN no coincide con el de ninguna otra persona (a menos de que sean gemelos monocigóticos). Pero, aunque, todos tenemos distintos gustos, distintas metas y es por eso que no debes preocuparte por vencer a alguien más. Si se trata de una rivalidad académica o deportiva es bueno aprender de tu adversario, pero envidiarle no te permite siquiera sacar ventaja de sus estrategias. 

Incluso, hay casos peores en los que envidias a alguien que es tu amigo. El otro sufre porque ya te aprecia y se le hace difícil ver que tú no le deseas un bien. Por el bien de su amistad elimina ese sentimiento, cúbrelo con amor hasta que ya no queden rastros. 

¡Vamos! ¡Ámate! Siéntete orgulloso de quien  eres y dale al mundo eso que sólo tú le puedes dar.

Ser diferente es tu mayor ventaja. 

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