Sadín

El color blanco de las amorfas nubes acariciaba el velo que sus ojos contemplando estaban. Su mirada estaba perdida en rompecabezas de copiosas, cargadas, engorrosas ideas. El joven rostro de Sadín existía en otro lugar, pero no en la piel de esos veintiocho años.

“¿Qué haces aquí todavía? Ya se fueron todos tus alumnos.” “Yo sé Renata, pero… Nada, otro día te cuento. Iré al aula a recoger mi maleta.”

Regresó a las cuatro paredes, se sentó frente a su escritorio y el rumiante estado prosiguió, aunque esta vez un soliloquio lo acompañó…

” ¿Por qué a los seis años de edad se les tiene que privar de uno de sus más valiosos derechos? ¿Por qué no pueden tener algo tan fundamental como la familia? “

¡Quisiera cuánto que el entusiasmo que Carlos tiene se reflejase en las pupilas de Juan! ¡Cómo quisiera que el amor que a uno se le da, también fuese conferido al otro! ¿Qué tanto cuesta responsabilizarse por un hijo? ¿Qué piensan? ¿que sus acciones no hacen miserables las vidas de esas pueriles criaturas?

El anciano de vista cansada, con iris azules apagadas y senescentes, tez con nudos y alentado paso se acercó y su mano en la espalda de aquel desahuciado ser posó. “¿Qué te pasa, muchacho?” Los suspiros precedían la garantizada respuesta. “No pasa nada, don Guillermo” “No pido detalles muchacho, sabes bien que para mí la prudencia es la madre de todas las ciencias, así que cuando estés listo, estos oídos de presbiacusia, como me dicen los doctores, estarán aquí para escuchar, aunque con mis debilidades, pero puedes contar conmigo, papayito “.

En ese momento, las arrugas de la piel del viejecillo, se lanzaron también, a acobardar las ganas de hablar en Sadín. Pues, justamente son esas las cosas que no puedes decir, las que tienen que resolverse en casa, pero que en su camino hacia la revelación sirven como bate de destrucción, como ácidos que aniquilan la sensibilidad que en las paredes del amor están.

Tomaría Sadín, la peor de sus decisiones, y la mejor a la vez. Continuar con su esposa después de que lo había engañado, porque sabía que los niños después de una separación son diferentes, porque sencillamente tienen algo. Determinaba entonces, quedarse, como anatema…sacrificando cada minuto de dignidad y paz por la vida de su hijo.

Manuel, tu padre te hará feliz siendo infeliz.